El pudor, la piel de la conciencia

Fabrizio Andreella I
Dos notables profesores de Cambridge se apartan a la orilla del río para comer un sándwich. Las clases de la mañana han terminado y es un día bonito. Con afectación muy británica, deciden quitarse toda la ropa para remediar un poquito la blancura de sus cuerpos de intelectuales. Discutiendo de hermenéutica no se percatan de que, en el río, unos estudiantes se acercan en una canoa. Ya es demasiado tarde para ponerse la ropa, así que Peter oculta con las manos su sexo y Paul se cubre el rostro. “¿Por qué no cubriste tus genitales?”, pregunta Peter. “Es que mis alumnos no me reconocen por ellos, sino por la cara”, contesta Paul.
Me acordé de este chiste observando La expulsión de Adán y Eva del Paraíso terrenal, que se encuentra en la iglesia de Santa María del Carmine en Florencia. El fresco de Masaccio, realizado en 1425, reproduce el momento en que la pareja primordial tiene que abandonar el Edén después del pecado original. Eva se parece de manera inquietante al personaje de El grito, de Edvard Munch, que a finales del siglo xix encarnó la angustia existencial. El rostro de la mujer inaugural es desfigurado por el sufrimiento, los ojos y la boca son agujeros negros y sus manos tratan de esconder su pubis. Adán, en cambio, tiene el vientre contraído por la gran zozobra y prefiere cubrir su rostro dejando a la vista su pene.
¿Que significa esa elección de gestos diferentes por parte de Adán y Eva? ¿Quién tuvo la reacción más adecuada?

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El gran duque de Toscana, Cosme III de Médicis, quiso contestar a esta segunda pregunta dos siglos y medio después de Masaccio. Armado con la lanza del pudor, ordenó que se cubriera el miembro viril con unas prudentes hojas de higo. A finales del siglo xvii, la representación pictórica de la culpa y la vergüenza originales se vuelve indecente, y sólo en 1990 una obra de restauración permite a ese pene adamita, ya desorientado por tanto sufrimiento que lo rodea, volver a ver la luz.
Tratamos ahora de contestar a la primera pregunta. El pudor nace en la historia frente a la mirada de Dios. En el fresco de Masaccio el gesto de Adán simboliza el pudor causado por
el sentido de culpa: no quiere y no puede ver su pecado en el espejo de Dios. El gesto de Eva es en cambio la figura del pudor provocado por la vergüenza: no quiere y no puede ser vista en toda su desnudez. El pudor es entonces lo que trata de prevenir o esconder la culpa y la vergüenza. Surge por ver lo que no se quiere o no se puede ver, o por ser vistos hasta donde no se quiere o no se puede ser vistos.
La escena retratada por Masaccio estrena el saber de la humanidad. Los progenitores comen el fruto del árbol del conocimiento e ipso facto asistimos al primer acto cognoscitivo del ser humano: “…se dieron cuenta de que estaban desnudos” (Gn 3,7). Las primeras consecuencias emocionales de aquella noción son la culpa y la vergüenza, que intentan enfrentar con el pudor: “tuve miedo porque estoy desnudo, por eso me escondí” (Gn 3,10). Cuando Adán y Eva toman conciencia de ellos mismos, se vuelven sujetos sexuados y diferenciados. La salida de la edad de la inocencia es decretada por el nacimiento del pudor, necesario para defenderse de la mirada ajena. Sin esa mirada no hay desnudez, o mejor dicho, no hay conciencia de ella. Es la mirada del otro que crea una división entre cuerpo visible y alma invisible. El la mirada del otro, entonces, lo que nos hace percibir la existencia de un tesoro secreto que se comparte con pocos: la intimidad.
Es interesante notar que en la obra de Masaccio, sobre el tardío pudor de Adán y Eva señorea el ángel de la justicia. El dúo pudor y justicia es reconocido por Platón como pilar de la vida social: “Zeus entonces, inquieto de nuestra especie amenazada de desaparecer, envió a Hermes para llevar el pudor y la justicia a los hombres, a fin de que hubiera armonía en las ciudades y para que nacieran los lazos que crean la amistad.” (Protágoras 322, c-d). Es el pudor que saca el hombre del reino caótico de la animalidad y lo pone en el orden de la civilización. Aquí, pudor y justicia trabajan juntos, el primero como normativa interior, la segunda como ley exterior. Platón nos dice que sin pudor, o sea sin el reconocimiento del derecho ajeno a lo que hoy llamamos privacidad, no hay justicia, y lo remarca aseverando que “la virgen Justicia es hija del Pudor” (Leyes, xii 943, e). La ley interior y privada del pudor, y la ley exterior y pública del derecho son, para el filósofo griego, los cimientos de la vida social. Y para el pintor italiano son los principios que estrenan la historia del hombre mortal y de su conocimiento.
II
¿Y hoy como está el pudor? No goza de buena salud, la verdad. Hoy en día, protegerse de la mirada ajena significa tener algo que esconder, significa ser tramposos, hipócritas, cobardes, introvertidos, inhibidos o reprimidos. La sociedad mediocrática ha hecho de la impudicia una virtud pública y la credencial para acceder al mundo de la celebridad.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cual ha sido el trayecto que nos ha llevado al culto de una sinceridad exhibicionista, que nos ha llevado a renunciar a la intimidad para “compartir” con todo mundo nuestros conflictos y penas familiares en un estudio de televisión o nuestras banalidades en Facebook?
En la primera mitad del siglo pasado, el pudor era apreciado como virtud moral, especialmente para las mujeres, y en este sentido fue un instrumento de control y opresión social. La lucha del ’68 en contra de las costumbres sociales y familiares represivas tenía justamente entre sus objetivos también el valor burgués del pudor. El grito liberatorio de la desnudez era históricamente necesario, éticamente oportuno, políticamente incisivo. Fue una temporada que liberó una entusiasta generación de la hipócrita austeridad de fachada de los años cincuenta. El placer autogestionado, la desnudez exhibida, el exceso a toda costa, la trasgresión como regla, el deseo como guía: sí, era “la fantasía al poder”, ese lema ingenuo y maravilloso que conjugaba la libertad individual con las esperanzas colectivas.
Después de más de cuarenta años, esos valores de libertad han sido corrompidos y falseados para declararlos cumplidos en los escaparates mediáticos, donde se exponen secretos inconfesables, intimidades llenas de vulgaridad, sentimientos heridos, actos violentos, lágrimas y escarnios.
“Lo privado es político” era otro grito de batalla del movimiento del ’68. La intimidad tenía que contagiar la vida pública de su supuesta dignidad, autenticidad y pureza. Hoy en día ese lema es realizado plenamente por la televisión, pero con un ligero resbalón linguístico: “Las cosas de la vida son públicas.” La pornografía ya no es un asunto sólo de cuerpos, sino también de almas, donde los sentimientos, el dolor y la ridiculez son las zonas erógenas. Y a quien opine se le tacha de retrógrado, de moralista, porque esos programas-confesonarios –dicen– retratan “la realidad”. Como si esa hipotética autenticidad fuera el salvoconducto para sacar al aire cualquier miasma existencial.
III
¿El pudor, qué es y qué puede ser? Existen por lo menos tres características que vale la pena subrayar.
a) El pudor es la piel de la conciencia, la frontera que separa un interior secreto de un exterior accesible. Mostrar afuera lo que es considerado conveniente tener adentro es lo que repugna al púdico, que quiere defender y conservar la libertad de ser sin aparecer. (Aquí se intuye claramente el conflicto reptante entre la modernidad mediatizada, que hace del aparecer la prueba de la existencia, y el pudor, que trata de defenderla de un exceso de exposición.)
Si la mirada del otro no tiene nuestro asenso previo o no es recíproca, se vuelve instrumento de dominación. El pudor es entonces la rebelión en contra de la mirada impertinente que no toca a la puerta antes de entrar. Puede ser, por ejemplo, la mirada sobre el muerto, que en su condición indefensa de cadáver no puede autorizar o retornar la mirada ajena. Por eso se le cierran respetuosa y púdicamente los ojos. O puede ser la mirada pornográfica, que coloniza el cuerpo desnudo seccionando sus detalles más íntimos y lo reduce a carne motriz de impulsos despersonalizantes, donde el ser es sólo un funcionario de la especie.
Por ser un elemento que se injiere en las dos experiencias más fuertes de la vida –el sexo y la muerte– claro está que el pudor es algo que surge de la profundidad del ser humano.
b) El pudor es un límite que ponemos a la animalidad. Sujeta y tiene bajo control nuestra espontaneidad animal, que amenaza las convenciones necesarias a la comunicación social. Es entonces un termostato de los instintos que permite la coexistencia de los seres humanos, la existencia del ágora.
Por no tener conciencia de su individualidad, el animal no tiene pudor. Por no tener cuerpo, tampoco Dios tiene pudor. Pero el hombre, que tiene conciencia y cuerpo, necesita el pudor para arreglar la cohabitación de lo animal y lo divino que albergan en él.
c) El pudor es también un umbral. A quien se permite traspasarlo, se ofrece el privilegio exclusivo, y por eso apasionante, de acceder a nuestros secretos más profundos. El pudor es lo que discrimina entre extraños e íntimos. Aquí podemos notar la estrecha relación entre el pudor (también disimulado) y la seducción. El juego de esperas, lisonjas, agasajos y
titubeos, las maniobras entre sinceridad y artificio, pasión y cálculo, confidencia y prudencia, instauran un diálogo íntimo antes del encuentro corporal.
Escribe Anne Chang en Vertus de la pudeur dans la Chine classique: “El pudor es la comprensión de la paradoja que quiere que una cosa se vuelva más presente a causa de su ausencia.” En el discurso amoroso, entonces, el pudor no es una clausura, son más bien la necesidad de cargar la relación de símbolos, juegos y tiempos que excluyan la actitud dominadora del voyeurismo y del exhibicionismo.
IV
¿El pudor, qué no es y qué no puede ser?
a) El pudor no es una virtud moral. Muy a menudo se ha tratado de considerarlo una virtud que las familias deben inculcarle sobre todo a las hijas. Sin embargo, el pudor nace generalmente en contra de la familia, cuando el jovencito ya no quiere ir a la cama de los padres y oculta por primera vez su cuerpo. Está luchando por la autonomía y la emancipación de su intimidad, que incluye su cuerpo y su pensamiento, y por ello necesita del pudor.
b) El pudor no es la vergüenza. Ésta es hija de un acto reprochable e indigno, que suscita una condena social y un sentido de culpa. El pudor, en cambio, defiende algo que se considera demasiado puro o privado para ser expuesto, y no tiene relación directa con la culpabilidad. Es una reflexión sobre lo que conviene decir y hacer; es la decisión espontánea e impulsiva de sustraer a la mirada ajena lo que puede ocasionar confusión o embarazo. Un proverbio japonés dice: “La autenticidad es una virtud solamente para la rana, que cuando abre la boca deja ver todo su interior.”
c) El pudor no está relacionado sólo con el sexo. Si es cierto que su origen está en la percepción del cuerpo, el pudor se desarrolla también afuera de la esfera sexual. Cuando estamos compartiendo el espacio con otras personas, los olores y los ruidos íntimos que avergüenzan están bajo la custodia del pudor. También ciertas enfermedades que nos desfiguran o nos dañan demasiado inducen a los más sensibles a optar por un púdico aislamiento. Ante la misma muerte, como ya hemos recordado, se aconseja cubrir con los párpados el espejo del alma del fallecido. Incluso el lenguaje puede tomar una virada púdica en situaciones que requieren deferencia y respeto. Algunos pueblos indígenas solían enterrar junto con el muerto también su nombre que, como forma de consideración, nunca más se pronunciaba.
V
Sin embargo, hoy en día es el sexo el que se ha salido de lo íntimo derramándose en lo público. Se puede decir que vivimos una pansexualización que ha alcanzado primero las mercancías y luego, por reflejo, también a los seres humanos cosificados. Por eso el pudor es hoy algo que no se refiere sólo a las relaciones intimas, sino a todas relaciones sociales, incluyendo sobre todo aquellas que son mediáticas.
La televisión e internet han ofrecido espacios donde vaciar sin pudor la intimidad. Se acabaron los tiempos en que solamente las celebridades de la frivolidad divulgaban las medidas de sus cuerpos. Hoy las adolescentes infelices frente al espejo le ruegan a mami y a papi que le regalen unos senos nuevos. Para exhibirlos en los escaparates de la modernidad, obviamente.
Esta exasperada ostentación del cuerpo está muy lejos de la desinhibida libertad que el ’68 quería conquistar. Esa sacrosanta rebelión ha sido cabalgada y conducida hacia la anulación de la intimidad y libertad individuales. Si ayer el pudor era represivo, hoy lo es la impudicia, con el agravante de que el impúdico se siente libre.
Cuando el cuerpo es reducido a carne, insignificante herramienta de excitación ajena, el amor propio erige la barrera del pudor. Se puede jugar a ser impúdicos sin ninguna dureza, pero no se puede ser impúdicos sin provocar una reacción. “Todo lo que es profundo ama la máscara”, sentenciaba Nietzsche, y la elegancia del pudor es un buen ejemplo.
La genialidad afilada del filósofo alemán, que escarbaba en la genealogía de los desastres humanos, nos ofrece un indicio para entender las antiguas represiones y contradicciones de donde más tarde salieron las enfermedades que hasta la fecha sufre el pudor: “El cristianismo dio de beber veneno a Eros: éste, ciertamente, no murió, pero degeneró convirtiéndose en un vicio.”

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